A la mierda. Ahí mandé todo hace ya seis años.
La vida me sonreía, tenía un trabajo de puta madre, de esos
en los que te cae el dinero del cielo mientras tú te limitas a contar los
billetes con los pies sobre la mesa. Reconozco que no me lo creía ni yo.
Me sentía feliz, y creía serlo. Me cegaban las aclamaciones
de los que me rodeaban, aquellos a los que creía mis fieles amigos y los cuales
desaparecieron tras vestirme de preso.
“¡Guau! ¡Esta mierda es buena!”, esas palabras, escuchadas a
diario, se convirtieron en mi mayor logro. Creía ser invencible. Recuerdo que
mandaba a los vendedores justo en frente de la central de policía. Ellos mismos
me lo pedían. Vivíamos a base de reírnos en la cara de los demás. Llenábamos
los parques de agujas sin pensar en nada, inconscientes, cegados por la heroína.
Heroína, curioso nombre.
Mi verdadera heroína era Julieta, mi ángel, mi hija. Pero ni
de esto era consciente, al menos hasta que la perdí.
Eran pocos los días que podía disfrutar de su compañía, la
justicia me lo impedía.
Julieta vivía con su abuela, ya que su madre y yo perdimos la
patria potestad al poco de que naciera.
Recuerdo aquel 6 de diciembre como una pesadilla. Tengo
ciertas lagunas mentales de aquel momento, parece como si mi cerebro hubiese
borrado parte de las imágenes para mi propia supervivencia. Sin embargo, si
cierro los ojos la veo. Veo los ojos de
Julieta brillar mientras me pide que me suba con ella en el tobogán.
Después oigo el disparo ensordecedor. Y de nuevo veo sus ojos, ahora sin vida.
“Ajuste de cuentas”, dijeron.
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