Eli salió de la habitación apresurada, sabía que tenía poco
tiempo. Se puso unas llamativas gafas de sol que ocultaban sus enormes ojos
verdes, se colocó los tacones infinitos
que anteriormente había metido en su enorme bolso y ocultó su larga melena negra
bajo un elegante sombrero. Estaba acostumbrada a llamar la atención y no le
molestaba, no pretendía pasar desapercibida a pesar de que en aquel momento
habría sido lo más adecuado. Sin embargo, Eli sabía que en menos de dos horas
estaría muy lejos de allí. Ya estaba todo listo. Por primera vez en mucho
tiempo se sentía bien, tras ver muerto al último asesino de su familia ya no le
quedaban motivos para seguir manchando sus manos de sangre.
Salió del hotel. Tal y como estaba pensado Eric la esperaba al volante de su Mercedes gris.
Una vez dentro del coche, Eli besó la sensual boca de su esposo,
notando el agradable y confortable tacto de su oscura barba de tres días rozando su piel.
-¿Cómo ha ido?
Los oscuros ojos de Eric se cruzaron con los suyos y ella le contestó con una pícara sonrisa que mostraba los relucientes dientes que ocultaban sus gruesos labios rojos.
Los oscuros ojos de Eric se cruzaron con los suyos y ella le contestó con una pícara sonrisa que mostraba los relucientes dientes que ocultaban sus gruesos labios rojos.
-Ya lo sabes, siempre va bien. Verle muerto ha sido todo un alivio
para mí, lo necesitaba. Mi odio hacia esa rata lo ha hecho todo más
fácil. ¿Sabes? Fue él quien apuñaló a tu madre en nuestra boda.
Eric la contemplaba mientras conducía. Y ella le miraba a él. Eran lo único que tenían ambos en el mundo y a la vez lo eran todo el uno para el otro. A sus 28 años ya habían vivido más de lo que habrían querido y ahora les tocaba ser libres.
Eric la contemplaba mientras conducía. Y ella le miraba a él. Eran lo único que tenían ambos en el mundo y a la vez lo eran todo el uno para el otro. A sus 28 años ya habían vivido más de lo que habrían querido y ahora les tocaba ser libres.
- Sí, sé que él era el último. También fue él quien acabó con la vida de mi hermana. ¿Y la pistola?
Eli dejó ver el liguero que tapaba su vestido fruncido negro
y le mostró el arma del delito.
-Sabes que voy con cuidado, nadie sospechará nada. No
encontrarán ni una mísera gota de sangre de aquel malnacido.
-Lo sé, sino fuese así no te habría permitido matar a
ninguno de ellos. Debemos darnos prisa, el avión que nos llevará a Kioto saldrá
en menos de quince minutos.

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