Comienzas a leer y te ves sumido en una de las más desgarradoras historias de terror que te podrías imaginar.
Conforme avanzas en el texto comprendes que algo no va bien, mejor dicho, entiendes que nada va bien.
Lo tenemos todo, un techo en el que dormimos sin el miedo de que se derrumbe tras el estruendo de una bomba, una ciudad en la que podemos, en mayor o menor medida, actuar con libertad; coger de la mano a nuestra pareja, besarla, leer periódicos de diferentes ideologías y hasta protestar por nuestro sistema de Gobierno a pesar de que algunos pretendan impedirlo. Tenemos una familia a la que tratamos a diario sin el pensamiento de que en cualquier momento una bala le pueda atravesar la sien a cualquiera de sus miembros, desde nuestro primo de 2 años a nuestra abuela de 80. Tenemos comida, a pesar de que por desgracia al volver la esquina encontremos a personas que debido a las jodidas diferencias sociales y a una situación económica que lleva años rompiéndose, no pueden disfrutar de esta necesidad primordial humana. Tenemos oportunidades, y esto es mucho, creedme.
Tenemos de todo, pero nos falta mucho.
Y nos seguirá faltando mucho hasta que no salgamos de esta burbuja de placer y bienestar, hasta que no sintamos un dolor desgarrador en el alma por todas esas personas que aún siéndolo no disfrutan de lo que supone serlo.
Nos preocupamos por nosotros, y como mucho por los que nos rodean. Sin embargo, poco somos conscientes de lo que pasa a no tantas millas de aquí. Y es que parece que al poder nada le importa más allá que el dinero. Y por desgracia, las armas mueven demasiado, y no me refiero a lo que provocan en los órganos que rozan cada una de ellas, aunque podría.
Sé que no arreglo nada escribiendo esto y seguramente pocas sean las personas que lleguen a esta línea, pero esta mañana he escuchado los pájaros piar y he sentido el cálido sol rozar mi cómoda cama. Y después he bajado a desayunar con mi familia un riquísimo bizcocho. Y me he sentido muy afortunada, hasta que me he topado con este reportaje y el sentimiento de fortuna se ha visto sobrepasado por el de tristeza y angustia. Porque esta historia que cuenta uno de los cientos de periodistas que han sido capturados por el Estado Islámico no es más que un grano de arena en el Desierto del Sahara. Que esto se está repitiendo en este mismo instante en numerosos puntos del mapa que conforma este lugar llamado la Tierra, creado para dar vida y belleza y el cual nos empeñamos en llenar de muerte y destrucción.
Y me siento triste, porque siento que un grupo de "personas" se ha empeñado en sembrar el miedo a toda consta y que poco se hace para terminar con él, porque en esta burbuja tenemos calefacción aunque tras sus paredes todo se esté congelando. Pero eso no importa, porque a nosotros ese frío no nos quema la piel.
Por ahora.
Enlace AQUÍ con el reportaje.

